jueves, 30 de abril de 2009

EL REGALO DE JUAN MARSE

Recomiendo la lectura del artículo que ha escrito Carles Navales, director de la revista La Factoría sobre Juan Marsé. Lo reproduzco a continuación, dale un vistazo. Merece la pena.



"¡Cuanta simplicidad para describir lo que otros consideran tan complejo!"

El mío, fue un día del Libro ajetreado, por lo que llegué a casa cansado, pero, lo que son las cosas, tuve entonces la mayor satisfacción del día y de hace mucho tiempo. A mi ordenador acababa de llegar el texto íntegro del discurso de Juan Marsé aceptando el Premio Cervantes 2008. Mejor regalo para el día del Libro imposible. Catalunya, como el resto de España, recibió con alegría la noticia del premio a Marsé, y yo recibía, al final del día, el placer de leer el exquisito texto.

Aconsejo su lectura íntegra, pero permítanme que destaque dos cosas: su elogio a la influencia del cine en la literatura, y su opinión sobre la formación de la identidad cultural de los catalanes urbanos.

El litigio entre cine y literatura, con el tiempo ha ido resolviéndose. Hoy son ya pocos los autores de una u otra disciplina que sostengan lo contrario. El planteamiento de Juan Marsé no admite dudas. Leyéndolo me vino a la cabeza Gosford Park, la película dirigida por Robert Altman en 2001. En concreto aquella secuencia en que la más genuina aristócrata de los allí presentes le dice al productor norteamericano de las películas de Charlie Chan que le es igual conocer el final de la que estaban rodando, ya que nunca le había pasado por la cabeza hacer algo tan vulgar como ir al cine.

Ciertamente, el cine primero fue el teatro de los pobres, pero en poco tiempo creó un lenguaje propio, que le ha distinguido como un arte excepcional. Marsé nos dice que ya es comúnmente aceptado que algunas estrategias narrativas de la novelística contemporánea tienen su origen en el arte cinematográfico. Los Chaplin, Renoir, Lubitsch, Walsh, Lang, De Sica, Buñuel, Erice, Truffaut, Welles, Bardem, Berlanga y Azcona, Keaton o Hitchcock, por citar unos cuantos, nos hablaron de otra armonía posible entre los sueños y el mundo. Y es que, como muy bien señala, cuando éramos mozalbetes ir al cine era algo que formaba parte de la cultura popular, un rito semanal en el que participaba toda la familia, toda la comunidad. El cine nos ha impregnado y, con nosotros, a todas las artes.

Respecto a su identidad cultural, otro vaso de agua clara. Marsé observa que la dualidad cultural y lingüística de Catalunya, que tanto preocupa, en su opinión nos enriquece a todos, y enumera las anomalías que por imperativo histórico sufrió cuando era aprendiz de escritor. Y la más determinante no fue aquella escuela inoperante y beatona de la dictadura, la del lema “Por el Imperio hacia Dios”, escuela donde ciertamente se prohibió leer y escribir catalán, y hasta hablarlo en horas de clase. No, no fue sólo por eso que un buen día se encontró manejando una lengua, y no la otra; fueron los tebeos y los cuentos que leíamos, las aventis (aventis es un fantástico neologismo que usa Marsé para decir "aventuras”, las que nos inventábamos cuando niños) que nos contábamos y las películas, las de amor y las de risa, y todo aquello que iba conformando nuestra educación sentimental, las poesías y el teatro de aficionados, las canciones de amor y las primeras novelas, ya no solo las de aventuras, de Julio Verne o Emilio Salgari, sino las de Baroja, Dickens, Balzac, o los cuentos de Maupassant y de Hemingway, o los versos de Gustavo Adolfo Bécquer y de Rubén Darío. ¡Cuanta simplicidad para describir lo que otros consideran tan complejo!

LA FACTORÍA ha publicado el texto íntegro del discurso. No se lo pierda. Lo dicho: una delicia.